martes, 14 de abril de 2009

Una oportunidad para Elvis - Sinopsis

Autor: Eduardo Vázquez


El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices.”
                                                                                                 Oscar Wilde
Sinopsis
I
Hay millones de historias como la de Elvis en el mundo. 
Según una definición de la ONU hay dos clases de niños en la calle: los Niños en la calle: quienes pasan la mayor parte del tiempo en la calle, con alguna mínima contención familiar y que tienen  la suerte de volver a su casa por la noche. Y los Niños de la calle: quienes pasan el día y la noche en la calle y están funcionalmente desamparados, sin contención familiar ni auxilio alguno. 
Del primer estadio al segundo hay un paso, en cambio del segundo al primero, un abismo. En la Argentina, en particular, existen alrededor de  30.000  niños viviendo en la calle. La mayoría de ellos tienen destinos crueles que perpetúan una existencia cíclica de abusos, desamparo y maltratos que se transmiten de generación en generación. 
Según UNICEF Todos los días mueren alrededor de 50 niños menores de un año, por pobreza, desnutrición o malas condiciones higiénicas. Más de 26.000 niños se encuentran internados en Institutos de menores, cárceles, clínicas psiquiátricas y en comisarías. A su vez, los niños y jóvenes institucionalizados son victimas del maltrato policial en comisarías, las violaciones y torturas dentro de los establecimientos, supuestamente llamados "proteccionales". El poder y la autoridad son ejercidos en estas Instituciones en forma violenta y arbitraria, haciendo uso excesivo de los castigos físicos, la falta de alimentación y las condiciones de inhabitabilidad de los establecimientos. 
El panorama es terrible. La novela en cuestión intenta acercarnos a una toma de conciencia respecto del problema y plantea la necesidad o el imperativo de volver a ser solidarios, de dejar atrás la lástima, la conmiseración y el desprecio, para ejercer el amor hacia quienes más nos necesitan. Ser solidario es amar sin prejuicios, no tratar de interpretar desde nuestras convenciones absurdas las necesidades de los niños. Rousseau decía: “La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras.”  Al negarles el amor que necesitan, al voltear la cara hacia otro lado y tratar de ignorar la ignominia a la que están reducidos, somos crueles asesinos de su niñez. Los obligamos a dejar de ver pensar y sentir como niños. Pero también somos los cómplices de sus desgracias, de su tortura y asesinato… ¿Qué derechos queremos hacer valer para nosotros sino respetamos primero los de los niños, si en vez de darles una mano ayudamos a hundirlos? 
II

La historia de Elvis es la de un niño que, a pesar de tener madre y un techo en donde dormir, por las circunstancias de la vida que empujan a la madre a trabajar día y noche, se encuentra  al borde de caer en el desamparo, pero justo cuando están por caer, el destino le presenta una mano amiga que lo salva. Esta salvación no es de índole proteccionista, sino que radica en la posibilidad de educarse y crecer. 
Hijo de madre soltera, Elvis vive una pobreza sin abandono. Tiene el amor de su madre, pero ella no puede estar presente para cuidarlo y protegerlo, pues debe trabajar duro para poder pagar el alquiler del inquilinato en donde viven (en la Argentina no es fácil conseguir trabajo y el que hay es muy mal pago, más si no se cuenta con una educación básica). Lamentablemente, ello no alcanza para un niño. 

(Extracto)
Lunes lluvioso en la ciudad de Buenos Aires, el cielo se encuentra cubierto y la temperatura es de trece grados”, se escuchaba en la radio.
“Otra vez a salir a pelear con los paraguas y el viento”, pensó Elvis, mientras terminaba de atarse los cordones de sus zapatillas gastadas.
¿Qué recorrido realizaría hoy? ¿Dónde finalizaría? Aunque no era la primera vez que salía a la calle un día lluvioso siempre era 
bueno saber cómo comenzar. Hasta el momento lo único que sabía era que debía apurarse a salir, pues vivía en una zona de la que nadie entraba ni salía cuando se inundaba.
Elvis tenía sólo once años, hijo de madre soltera, a quien le gustaba mucho el rock de los 50’s, recibió su nombre del legendario cantante. Su pequeña contextura y el cabello corto hacían suponer que era más chico; en su cara redonda y trigueña, siempre con una sonrisa dibujada, resaltaban unos ojos negros, adornados con unas pestañas larguísimas que llamaban la atención de los mayores y que contrastaban su 
triste mirada.
Ya de pequeño debió aprender a sobrevivir en el mundo que le había tocado: en la calle o la “pseudo-calle”; pues, a diferencia de sus pares, vivía en un hogar; un conventillo de la zona de la Boca, como aquellos a los que Wilde bautizó "casas ómnibus" y que el gran Lazzari plasmó tan brillantemente sobre sus telas; esos que tienen techos y paredes de chapa pinta 
dos de alegres colores por fuera, como para disimular la pobreza que hay en su interior. Allí, alguna vez, habitaron los primeros inmigrantes: peones del puerto, zapateros, costureros, etc.; el tiempo pasó y, si bien, la esencia el lugar continuó siendo la misma, algunos oficios cambiaron; ahora la mezcla de personalidades incluía: familias de humildes trabajadores, jubilados solitarios que fueron el olvido de todos, prostitutas, travestis, madres solteras, hombres solitarios que no encontraron su camino; todos formando parte de una gran fraternidad, una comunidad que, si bien no pudo progresar por diferentes motivos, sí lo hizo en lo que respecta a la solidaridad.
Rara vez, cuando se levantaba, encontraba a su madre, quien salía temprano a trabajar; por lo cual, su desayuno, generalmente mate cocido y pan, aunque fuera del día anterior, dependía de él y de algún vecino que le calentara el agua, ya que tenía prohibido utilizar el anafe por miedo a que se quemara o explotara. Después de lavarse la cara cruzaba todo el patio pasando por las puertas del resto de las piezas Allí se juntaba todo chusmerío y mientras calentaban agua o cocinaban se pasaban las últimas novedades.
El lugar, era tan pequeño, que era casi imposible estar en él, sin escuchar lo que hablaban; como no tenía puertas, solo una cortina de plástico y las ventanas estaban rotas, que con tan solo pararse afuera uno se enteraba de lo que estaban diciendo adentro. No entraban más de tres personas a pesar de los pocos muebles que había: un viejo armario que fue adaptado como alacena, una mesada con bacha de material y un viejo anafe que funcionaba a gas de garrafa, con los quemadores bastantes deteriorados que dificultaban en encendido de las hornallas. También era el lugar mas conflictivo del conventillo, se armaban las grandes discusiones por el uso y gasto de la garrafa. Por este motivo la mayoría tenía en su pieza un calentador a kerosene, incluso Elvis, el que también por precaución, no debía utilizar.

En aquél lugar la condición económica de la mayoría era la misma: se comía poco y a veces nada. Todos sabían que su madre salía a realizar tares domésticas, aunque la chusma del lugar comentaba que también realizaba algunos “servicios adicionales”. A veces regresaba muy tarde o no venía a dormir. Elvis era muy servicial con sus vecinos, siempre les hacía algún mandado y esa colaboración era retribuida con un plato de comida.
Por las mañanas, después de desayunar, salía con destino a la terminal de trenes, allí el repartía estampitas y conseguía las monedas con las que comería, se compraría ropa, golosinas y hasta colaboraría con su madre para comer o pagar el alquiler de la pieza...

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